La anécdota de Gerardo Alvear

Nuestra primera incursión de “Sabías que…” coincide con el inicio de las obras de rehabilitación del exterior de la familia Pardo.

Nuestra “Joya de la Corona” fue diseñada por el arquitecto de la época Javier González de Riancho (1881-1953) y construida por Diego Casanueva en 1917. Más allá de sus impresionantes características arquitectónicas, pictóricas y escultóricas, están los relatos de las personas que en él trabajaron.

Es el caso del pintor Gerardo Alvear (1887-1964), que describe Ciriego de la siguiente manera: “Este cementerio de Ciriego, al borde del mar Cantábrico, cuyas olas salpican las tumbas costeras y el rumor del mar parece arrullar el suelo eterno de los muertos…, y cuyos cipreses se destacan sobre el azul pálido o el gris del mar, no tiene el deprimente aspecto de los otros”.

Además, en su biografía Santander en mi memoria recoge una “particular” anécdota vivida por él durante el tiempo que estuvo realizando los trabajos de la pintura mural que Javier Riancho le encargó, a la par que realizaba el techo del comedor del “Palacio Pardo” por todos conocido como “El Promontorio”: “(…) Cuando una tarde me disponía a salir después de mi trabajo vi que entraba en el cementerio un hombre joven en bicicleta, con un pequeño ataúd blanco bajo el brazo izquierdo. Iba a salir en ese momento el cura del cementerio:

– ¿Traes esto para darle tierra?

– Sí, señor cura.

– ¿Traes documentación?

– No, es que…

– Vamos, hombre… Además no son horas, ya se ha retirado el enterrador.

– Si es por eso, yo mismo…

-¿Qué dices, hombre? ¡Vamos, pues eso faltaba!

– ¿Y qué he de hacer, señor cura?

-Pues volver mañana para hacer las cosas como es debido

-¿Pero he de volver a casa con…

– Claro, hijo. Vamos, vamos, que tengo que marcharme.

El pobre hombre se alejó con su triste carga. En el atardecer, a contra luz de los últimos destellos del crepúsculo, se iba haciendo más pequeña la silueta del ciclista por la línea blanquecina del camino, la silueta negra con la nota blanquecina del pequeño ataúd”. Posteriormente mientras volvían a la ciudad el propio Alvear tuvo la siguiente conversación con el cura:

-“Pobre hombre ése, me da pena que tuviese que volver con su triste carga

-Y… qué iba a hacer yo, pues si fuese uno a acceder a cuanto le piden tantos…, ignorantes, pues perdería el puesto, no es ninguna canonjía, pero menos es nada, o que el señor obispo le mande a uno a un pueblo remoto, sin carretera, sin luz eléctrica, pero con muchos zafios labradores”.