Carmen Amaya: Heroína de la pasión

 

CARMEN AMAYA (1913-1963) una de las bailaoras más reconocidas de la historia del flamenco se encuentra en nuestro cementerio. Los restos mortales de Carmen Amaya “La Capitana” descansan en Ciriego desde el 23 de noviembre de 1970. La decisión fue tomada por su esposo Juan Antonio Agüero, oriundo de Santander, que decidió trasladarlos desde Bagur (Gerona).

Los restos de Carmen, como recogió en su crónica El Alerta, salieron de Bagur el sábado día 21 de ese mes de noviembre en medio de una impresionante manifestación popular, para llegar a Santander en la noche del domingo, poco después de las diez. Sus restos fueron velados en la Capilla de Ciriego hasta la hora de su inhumación en el panteón familiar de la familia Agüero.

La bailaora y su marido, el guitarrista Juan Antonio Agüero, pasearon su “pasión” por Europa y América desde que en 1950 se conocieran y dos años más tarde se casaran en la Iglesia de Santa Mónica en Barcelona.

Tras el fallecimiento de  “La Capitana” su esposo se retiró a las montañas de Bagur, intentando paliar el dolor de la pérdida de su amor. Cuatro años después de su muerte concederá una entrevista a César de la Lama, dijo: “Estoy en la montañas de Bagur por mi gusto, y porque muerta ella nada me importa ya”. Ese profundo amor fue el motor para que finalmente Carmen Amaya repose en Santander.

En 2015, el cementerio de Ciriego dedicó una velada al mundo femenino y su lucha vital para poner en valor su espíritu luchador. Carmen se convirtió en nuestra heroína de la pasión.

De aquella velada nos queda el siguiente poema de Gloria Ruiz:

Ay, los volantes no duermen

aún no encuentran descanso,

que llevaban con tu canto.

Sobre la vieja madera

Del atúd lleva Carmen

en ritmo en el camposanto

la luna mira su pena

sobre las olas bailando.

No ha muerto Carmen Amaya,

Taranta de los Tarantos,

capitana de los solos,

grito del baile gitano.

Y grabado en nuestra retina el espectáculo Petenera de Carmen L. Armengou. A la que acompañó  Ramón Fernández (guitarra) y Amador Dobarganes (cante) que hicieron de la velada un momento inolvidable e irrepetible.

BIIBLIOGRAFÍA:

Carmen Amaya: Heroína de la pasión

CARMEN AMAYA (1913-1963) una de las bailaoras más reconocidas de la historia del flamenco se encuentra en nuestro cementerio. Los restos mortales de Carmen Amaya “La Capitana” descansan en Ciriego desde el 23 de noviembre de 1970. La decisión fue tomada por su esposo Juan Antonio Agüero, oriundo de Santander, que decidió trasladarlos desde Bagur (Gerona).

Los restos de Carmen, como recogió en su crónica El Alerta, salieron de Bagur el sábado día 21 de ese mes de noviembre en medio de una impresionante manifestación popular, para llegar a Santander en la noche del domingo, poco después de las diez. Sus restos fueron velados en la Capilla de Ciriego hasta la hora de su inhumación en el panteón familiar de la familia Agüero.

La bailaora y su marido, el guitarrista Juan Antonio Agüero, pasearon su “pasión” por Europa y América desde que en 1950 se conocieran y dos años más tarde se casaran en la Iglesia de Santa Mónica en Barcelona.

Tras el fallecimiento de  “La Capitana” su esposo se retiró a las montañas de Bagur, intentando paliar el dolor de la pérdida de su amor. Cuatro años después de su muerte concederá una entrevista a César de la Lama, dijo: “Estoy en la montañas de Bagur por mi gusto, y porque muerta ella nada me importa ya”. Ese profundo amor fue el motor para que finalmente Carmen Amaya repose en Santander.

En 2015, el cementerio de Ciriego dedicó una velada al mundo femenino y su lucha vital para poner en valor su espíritu luchador. Carmen se convirtió en nuestra heroína de la pasión.

De aquella velada nos queda el siguiente poema de Gloria Ruiz:

 

Ay, los volantes no duermen

aún no encuentran descanso,

que llevaban con tu canto.

Sobre la vieja madera

Del atúd lleva Carmen

en ritmo en el camposanto

la luna mira su pena

sobre las olas bailando.

No ha muerto Carmen Amaya,

Taranta de los Tarantos,

capitana de los solos,

grito del baile gitano.

Y grabado en nuestra retina el espectáculo Petenera de Carmen L. Armengou. A la que acompañó  Ramón Fernández (guitarra) y Amador Dobarganes (cante) que hicieron de la velada un momento inolvidable e irrepetible.

BIIBLIOGRAFÍA:

La anécdota de Gerardo Alvear

Nuestra primera incursión de “Sabías que…” coincide con el inicio de las obras de rehabilitación del exterior de la familia Pardo.

Nuestra “Joya de la Corona” fue diseñada por el arquitecto de la época Javier González de Riancho (1881-1953) y construida por Diego Casanueva en 1917. Más allá de sus impresionantes características arquitectónicas, pictóricas y escultóricas, están los relatos de las personas que en él trabajaron.

Es el caso del pintor Gerardo Alvear (1887-1964), que describe Ciriego de la siguiente manera: “Este cementerio de Ciriego, al borde del mar Cantábrico, cuyas olas salpican las tumbas costeras y el rumor del mar parece arrullar el suelo eterno de los muertos…, y cuyos cipreses se destacan sobre el azul pálido o el gris del mar, no tiene el deprimente aspecto de los otros”.

Además, en su biografía Santander en mi memoria recoge una “particular” anécdota vivida por él durante el tiempo que estuvo realizando los trabajos de la pintura mural que Javier Riancho le encargó, a la par que realizaba el techo del comedor del “Palacio Pardo” por todos conocido como “El Promontorio”: “(…) Cuando una tarde me disponía a salir después de mi trabajo vi que entraba en el cementerio un hombre joven en bicicleta, con un pequeño ataúd blanco bajo el brazo izquierdo. Iba a salir en ese momento el cura del cementerio:

– ¿Traes esto para darle tierra?

– Sí, señor cura.

– ¿Traes documentación?

– No, es que…

– Vamos, hombre… Además no son horas, ya se ha retirado el enterrador.

– Si es por eso, yo mismo…

-¿Qué dices, hombre? ¡Vamos, pues eso faltaba!

– ¿Y qué he de hacer, señor cura?

-Pues volver mañana para hacer las cosas como es debido

-¿Pero he de volver a casa con…

– Claro, hijo. Vamos, vamos, que tengo que marcharme.

El pobre hombre se alejó con su triste carga. En el atardecer, a contra luz de los últimos destellos del crepúsculo, se iba haciendo más pequeña la silueta del ciclista por la línea blanquecina del camino, la silueta negra con la nota blanquecina del pequeño ataúd”. Posteriormente mientras volvían a la ciudad el propio Alvear tuvo la siguiente conversación con el cura:

-“Pobre hombre ése, me da pena que tuviese que volver con su triste carga

-Y… qué iba a hacer yo, pues si fuese uno a acceder a cuanto le piden tantos…, ignorantes, pues perdería el puesto, no es ninguna canonjía, pero menos es nada, o que el señor obispo le mande a uno a un pueblo remoto, sin carretera, sin luz eléctrica, pero con muchos zafios labradores”.